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Escrito por Mª Angeles Lafuente   

Vivimos tiempos difíciles. Los conflictos de toda índole y gravedad, se reproducen a nivel nacional e internacional.

Las dos Guerras Mundiales del pasado siglo, escribieron con sangre en la conciencia colectiva la palabra “DIPLOMACIA”. A pesar del gran sufrimiento, dolor y barbarie que provocaron, los conflictos bélicos y la confrontación desigual, siguen existiendo.


En las postrimerías del siglo XX, nacen  en
la Universidad de Harvard, nuevas teorías sobre la negociación, con el ambicioso objetivo de solucionar los grandes problemas de Estado y, las más pequeñas disputas de la vida cotidiana. Gracias a estas nuevas técnicas, se reconstruye el viejo edificio de la negociación, que quiere convertirse en la sede de acuerdos equitativos, atendiendo a los intereses y no a las posiciones de las partes, que solucionen de forma eficaz y duradera cualquier conflicto. Desde mi punto de vista, esta nueva forma de negociar, apoyada en fuertes principios, puede convertirse en una herramienta clave al servicio de la mediación.

Ante la situación actual de total desbordamiento de los Juzgados y Tribunales, por los asuntos pendientes, empiezan a levantarse voces a favor de la mediación, como procedimiento eficaz en la resolución de conflictos. Lo aconsejan, no sólo razones de economía y rapidez, sino de paliación de los efectos negativos derivados de las situaciones de crisis.

La mediación carece de apoyo social en la actualidad. La vieja idea de la oposición frontal al otro, para conseguir nuestros objetivos, sigue vigente. La cultura del “todo o nada”, de los “ganadores y perdedores”, que recuerda demasiado a los “vencedores y vencidos” de triste recuerdo en nuestro país, siguen manteniendo su hegemonía en las costumbres sociales. En medio de esta violenta lucha de poderes, las personas que creemos en los principios de equidad, neutralidad y solidaridad, tenemos que trabajar duro, si queremos dar una vuelta de tuerca a la tradicional “listis” judicial. Es necesario demostrarle a la sociedad, que es posible conseguir acuerdos que beneficien razonablemente a todas las partes. El equilibrio que proporciona el consenso, garantiza el cumplimiento y perdurabilidad de lo pactado.

Es preciso reformular los conceptos de “ganador” y “perdedor” de un pleito. Si la situación del “perdedor” después de un juicio, es insostenible o él tiene esa percepción, las consecuencias salpicarán la supuesto “ganador”. A largo plazo, sufrirá en muchas ocasiones, incumplimientos y nuevos conflictos, que amargarán y angustiarán su existencia. Reportándole unos costes personales, mucho mayores, sin duda, que el posible beneficio económico, que en su día pudo conseguir.

Como profesional de Derecho, es mi obligación utilizar las normas para la pacificación de los conflictos. Esta paz, en mi opinión, no es posible, sin tomar en consideración los intereses de todas las personas implicadas. Es necesario un gran esfuerzo para conciliar los intereses de todos, de forma que el beneficio de uno, no conlleve el sacrificio del otro. Los acuerdos estables, pueden cimentar la pacificación de las relaciones personales de todo tipo. Proporcionan la seguridad necesaria en el camino hacia el progreso social.

Estoy segura de que en los años venideros, la luz de la mediación abrirá los ojos a una nueva visión de las cosas, que supondrá el avance de nuestra civilización. Me gustaría mucho participar en este futuro. Pero si la vida no me alcanza, y consigo aportar desde mi humilde escritorio, una idea que permita mitigar el sufrimiento que provocan las crisis, la mediación ha tenido éxito: firmo el pacto con el destino.

 

 

¡Ojalá que nuestros actos, no obliguen a nuestros hijos a aceptarnos a beneficio de inventario!.
 

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